Hoy les traigo una pequeña paradoja, se trata de la paradoja de Aquiles corriendo tras la tortuga es una de las más clásicas y famosas paradojas de Zenón.
Este griego filósofo pretendía demostrar que todo lo que percibimos en
el mundo es ilusorio, y que cosas como el movimiento eran simplemente
ilusiones y no realidades. Lo cual no deja a mi me dejo con un poco de miedo. Para demostrarlo ideó una
serie de paradojas que “mostraban” que el movimiento no existía, que
todas las distancias son infinitas, que no existe el tiempo.
La paradoja
de Aquiles y la tortuga consiste en una imaginaria carrera. Uno de los
contrincantes (Aquiles) era el más hábil de los guerreros aqueos, y
vencedor de mil batallas. Era un superhombre casi invencible, y apodado
“el de los pies ligeros”. El otro contrincante (la tortuga) es un ser
por todos conocido, de proverbial lentitud y bien cachazudo. Dado que
Aquiles es mucho más rápido que la tortuga, antes de
empezar decide darle un estadio de ventaja, y tras
dárselo, se da el pistoletazo de salida. Rápidamente Aquiles atraviesa ese estadio de ventaja hasta llegar al punto en el que estaba
la tortuga. Ésta, de un insospechado espíritu competitivo, se había
desplazado unos cuantos pasos hacia adelante. Así que Aquiles, atónito
(no era muy listo) pero confiado en su enorme poderío físico, decide
cruzar ese puñado de pasos, hasta llegar de nuevo a donde estaba
la tortuga. De nuevo ella ¡se ha vuelto a mover! Se ve que el quelónido
no tiene buen perder y Aquiles de nuevo, con renovados bríos, recorre
velozmente esos centímetros que le separan del punto donde estaba la tortuga, la cual de nuevo… ¿se lo imaginan? ¡Efectivamente! La encontramos un poquito más adelante
Y argumentaba Zenón con mucha razón que así podíamos seguir hasta el infinito, y que Aquiles JAMAS alcanzará a la tortuga. Y por tanto cuando vemos a un Aquiles
alcanzando a una tortuga
es simplemente una ilusión. ¿En dónde se equivoca
Zenón? En realidad no podemos decir que se equivoque, pero lo que está claro es que su argumento no
demuestra nada: una suma de infinitos términos puede dar un resultado finito. Pero esto no se puso sobre el papel hasta que Leibniz, que era un tipo realmente listo, inventó el cálculo infinitesimal.
Así que si Aquiles recorre 1 estadio en un minuto y la tortuga 1/10
de estadio en el mismo tiempo, Aquiles recorrerá 1+ (¡caramba, se ha
movido!) 1/10 + (¡otra vez!¡le ha dado tiempo a moverse!) 1/100+ (¡again!
bueno, en griego) 1/1000 …etc: 1+1/10+1/100+1/1000+...= ¿cuánto? Desde
luego esta suma no da una distancia infinita que requiere infinito
tiempo recorrer, sino una distancia concreta: 1,111111111… estadios. Y
eso Aquiles se lo hace con la gorra en un minuto y pico (1,111…), la
tortuga no tiene nada que hacer.
jueves, 6 de septiembre de 2012
sábado, 1 de septiembre de 2012
Fedro (Diálogo de Platón)
Esta vez les traigo un pequeño fragmento de uno de los diálogos platónicos que mas me gusta releer, se trata de Fedro (o del amor, o de la belleza como algunos dicen), espero les guste como a mi
Aunque es un pequeño fragmento del inicio del diálogo (Fedro 321a-234d) es por de mas interesante e invita a reflexionar.
SÓC. — No me lo tomes a mal, buen amigo. Me gusta aprender. Y el caso es que los campos ylos árboles no quieren enseñarme nada; pero sí, en cambio, los hombres de la ciudad. Porcierto, que tú sí pareces haber encontrado un señuelo para que salga. Porque, así como se haceandar a un animal hambriento poniéndole delante un poco de hierba o grano, también podríasllevarme, al parecer, por toda Ática, o por donde tú quisieras, con tal que me encandiles conesos discursos escritos. Así que, como hemos llegado al lugar apropiado, yo, por mi parte, mevoy a tumbar. Tú que eres el que va a leer, escoge la postura que mejor te cuadre y, anda, lee.FED. — Escucha, pues.«De mis asuntos tienes noticia y has oído, también, cómo considero la conveniencia de queesto suceda. Pero yo no quisiera que dejase de cumplirse lo que ansío, por el hecho de no seramante tuyo. Pues, precisamente, a los amantes les llega el arrepentimiento del bien que hayanpodido hacer, tan pronto como se les aplaca su deseo. Pero, a los otros, no les viene tiempo dearrepentirse. Porque no obran a la fuerza, sino libremente, como si estuvieran deliberando, másy mejor, sobre sus propias cosas, y en su justa y propia medida. Además, los enamorados tienen siempre ante sus ojos todo lo que de su incumbencia les ha salido mal a causa del amory, por supuesto, lo que les ha salido bien. Y si a esto añaden las dificultades pasadas, acabanpor pensar que ya han devuelto al amado, con creces, todo lo que pudieran deberle. Pero a losque no aman y no ponen esa excusa al abandono de sus propios asuntos, ni sacan a relucir laspenalidades que hayan soportado, ni se quejan de las discusiones con sus parientes, no lesqueda otra alternativa, superados todos esos males, que hacer de buen grado lo que considerenque, una vez cumplido, ha de ser grato a aquellos que cortejan. Y, más aún, si la causa por laque merecen respeto y estima los enamorados, es porque dicen que están sobremanera atados aaquellos a los que aman, y dispuestos, además, con palabras y obras a enemistarse concualquiera con tal de hacerse gratos a los ojos de sus amados, es fácil saber si dicen verdad,porque pondrán, por encima de todos los otros, a aquellos de los que últimamente estánenamorados, y, obviamente, si estos se empeñan, llegarán a hacer mal incluso a los que antesamaron. Y en verdad que ¿cómo va a ser, pues, propio, confiar para asunto tal en quien estáaquejado de una clase de mal que nadie, por experimentado que fuera, pondría sus manos paraevitarlo? Porque ellos mismos reconocen que no están sanos, sino enfermos, y saben, además,que su mente desvaría; pero que, bien a su pesar, no son capaces de dominarse. Porconsiguiente, ¿cómo podrían, cuando se encontrasen en su sano juicio, dar por buenas lasdecisiones de una voluntad tan descarriada? Por cierto, que, si entre los enamorados escogierasal mejor, tendrías que hacer la elección entre muy pocos; pero si, por el contrario quieresescoger, entre los otros, el que mejor te va, lo podrías hacer entre muchos. Y en consecuencia,es mayor la esperanza de encontrar, entre muchos, a aquel que es digno de tu predilección.»Pero si temes a la costumbre imperante, según la cual, si la gente se entera, caería sobre ti lainfamia, toma cuenta de los enamorados, que creen ser objeto de la admiración de los demás,tal como lo son entre ellos mismos, y arden en deseos de hablar y vanagloriarse de anunciarpúblicamente que ha merecido la pena su esfuerzo. Pero los que no aman, y que son dueños desí mismos, prefieren lo que realmente es mejor, en lugar de la opinión de la gente. Por lodemás, es inevitable que muchos oigan e, incluso, vean por sí mismos que los amantes andandetrás de sus amados y que hacen de esto su principal ocupación, de forma que, cuando se lesvea hablando entre sí, pensarán que, al estar juntos, han logrado ya sosegar sus deseos, o estána punto de lograrlos. Sin embargo, a los que no aman, nadie pensaría en reprocharles algo porestar juntos, sabiéndose como se sabe que es normal que la gente dialogue, bien sea poramistad o porque es grato hacerlo. Pero, precisamente, si te entra el reparo, al pensar lo difícilque es que una amistad dure y que si, de algún modo, surgen desavenencias, sufriendo ambaspartes de consuno la desgracia, a ti, en tal caso, es a quien tocaría lo peor, al haberte entregadomucho más, puedes acabar por temer, realmente, a los enamorados. Pues son muchas las cosasque les conturban, creyendo como creen que todo va en contra suya. Por eso buscan apartar alos que aman del trato con los otros, porque temen que los ricos les superen con sus riquezas,y con su cultura los cultos. En una palabra, se guardan del poder que irradie cualquiera queposea una buena cualidad. Si consiguen, pues, convencerte de que te enemistes con éstos, tedejan limpio de amigos. Pero si, en cambio, miras por tu propio provecho y piensas mássensatamente que ellos, entonces tendrás disgustos continuos. Sin embargo, todos aquellos quesin tener que estar enamorados han logrado lo que pretendían por sus propios méritos yexcelencias, no tendrían celos de los que te frecuenten, sino que, más bien, les tomarían a malel que no quisieran, pensando que éstos los menosprecian y que, al revés, redunda en suprovecho el que te traten. Así pues, tendrán una firme esperanza de que de estas relacioneshabrá de surgir, más bien amistad que enemistad.»Predomina, además, entre muchos de los que aman, un deseo hacia el cuerpo, antes deconocer el carácter del amado, y de estar familiarizados con todas las otras cosas que le atañen.Por ello, no está muy claro si querrán seguir teniendo relaciones amistosas cuando se hayaapaciguado su deseo. Pero a los que no aman y que cultivaron mutuamente su amistad antes deque llegaran a hacer eso no es de esperar que se les empequeñezca la amistad, por los buenosratos que vivieron, sino que, más bien, la memoria pasada servirá como promesa de futuro. Y,en verdad, que es cosa tuya el hacerte mejor, con tal de que me prestes oído a mí y no a unamante. Pues éstos dedican sus alabanzas a todo lo que tú haces o dices, aunque sea contraalgo bueno, en parte por miedo a granjearse tu enemistad, en parte también porque, por eldeseo, se les ofusca la mente. Porque mira qué cosas son las que el amor manifiesta: cuandotienen mala suerte, les parece insoportable lo que a otros no daría pena alguna, mientras que unsuceso afortunado que, por cierto, no merece ser tenido por algo gozoso desencadena,necesariamente, sus alabanzas. En definitiva, que hay que compadecer a los amados más queenvidiarlos. Pero si te dejas persuadir por mí, no va a ser el gozo momentáneo tras lo primeroque voy a ir cuando estemos juntos, sino tras el provecho futuro. No seré dominado por elamor, sino por mí mismo, ni me dejaré llevar por pequeñeces a odios poderosos, sino que sóloen relación con cosas importantes dejaré traslucir mi desagrado. Perdonaré los erroresinvoluntarios e intentaré evitar los voluntarios. Éstas son las señales que indican la largaduración de una amistad. Pero si acaso se te ocurre que no es posible que nazca una vigorosaamistad a no ser que se esté enamorado, date cuenta de que, en tal caso, no tendríamos enmucho a nuestros hijos, ni a nuestros padres, ni a nuestras madres, ni ganaríamos amigos fielesque lo fueran por tal deseo, sino por otro tipo de vínculos.»Si, además, es menester conceder favores a quienes más nos los reclaman, conviene mostrarbenevolencia, no a los satisfechos, sino a los descarriados. Precisamente aquellos que se hanliberado, así, de mayores males serán los más agradecidos. Incluso para nuestros convites, nohabría que llamar a los amigos, sino a los pordioseros y a los que necesitan hartarse. Porqueson ellos los que manifestarán su afecto, los que darán compañía, los que vendrán a la puerta ymostrarán su gozo y nos quedarán agradecidos, pidiendo, además, que se acrecienten nuestrosbienes. Pero, igualmente, conviene mostrar nuestra benevolencia, no a los más necesitados,sino a los que mejor puedan devolver favores, y no tanto a los que más lo piden, sino a los queson dignos de ella; tampoco a los que quisieran gozar de tu juventud, sino a los que, cuandoseas viejo, te hagan partícipe de sus bienes; ni a los que, una vez logrado su deseo, se ufanenpregonándolo, sino a los que, pudorosamente, guardarán silencio ante los otros; ni a los que lesdura poco tiempo su empeño, sino a los que, invariablemente, tendrás por amigos toda la vida;ni a cuantos, una vez sosegado el deseo, buscarán excusas para enemistarse, sino a los que, unavez que se haya marchitado tu lozanía, dejarán ver entonces su excelencia. Acuérdate, pues, detodo lo dicho y ten en cuenta que los que aman son amonestados por sus amigos como si fueramalo lo que hacen; pero, a los que no aman, ninguno de sus allegados les ha censurado algunavez que, por eso, maquinen cosas que vayan contra ellos mismos.»Tal vez quieras preguntarme, si es que no te estoy animando a conceder favores a todos losque no aman. Yo, por mi parte, pienso que ni el enamorado te instaría a que mostrases esamisma manera de pensar ante todos los que te aman. Porque para el que recibe el favor, estono merecería el mismo agradecimiento, ni tampoco te sería posible queriendo como quierespasar desapercibido ante los otros. No debe derivarse, pues, daño alguno de todo esto, sinomutuo provecho. Por lo que a mí respecta, me parece que ya he dicho bastante, pero si echasde menos alguna cosa que se me hubiera escapado, pregúntame.»FED. — ¿Qué te parece el discurso, Sócrates? ¿No es espléndido, sobre todo por las palabrasque emplea?SÓC. — Genial, sin duda, compañero; tanto que no salgo de mi asombro. Y has sido tú lacausa de lo que he sentido, Fedro, al mirarte. En plena lectura, me parecías como encendido.Y, pensando que tú sabes más que yo de todo esto, te he seguido y, al seguirte, he entrado endelirio contigo, ¡oh tú, cabeza inspirada!
Aunque es un pequeño fragmento del inicio del diálogo (Fedro 321a-234d) es por de mas interesante e invita a reflexionar.
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